sábado, 7 de abril de 2012

“Bien pobres son los que necesitan mitos. Aquí los dioses sirven de lecho o de hito al curso de los días. Describo y digo: «He aquí esto que es rojo, que es azul, que es verde. Éstos son el mar, la montaña, las flores». Y ¿qué necesidad tengo de hablar de Dionisos para decir que me gusta aplastar bajo mis narices las drupas de lentisco? ¿Fue, en verdad, dedicado a Deméter ese antiguo himno que más tarde recordaré sin esfuerzo: «Dichoso aquel entre los vivos de la tierra que vio estas cosas»? Ver, y ver sobre la tierra, ¿cómo olvidar la lección? En los misterios de Eleusis, bastaba contemplar. Aquí mismo, sé que nunca me aproximaré suficientemente al mundo. Necesito estar desnudo y hundirme luego en el mar, perfumado todavía por las esencias de la tierra, lavarlas en él y atar sobre mi piel el abrazo por el cual suspiran, labio a labio, desde hace tiempo, la tierra y el mar. Inmerso en el agua, sobreviene el escalofrío, la subienda de una liga fría y opaca; la zambullida, luego, con el zumbido de los oídos, la nariz manante y la boca amarga —nadar: sacar del mar los brazos barnizados de agua para que se doren al sol y sumirlos de nuevo en una torsión de todos los músculos; el curso del agua sobre mi cuerpo, esa tumultuosa posesión de la onda por mis piernas— y la ausencia de horizonte. En la playa, es la caída sobre la arena, abandonado al mundo, de vuelta a mi peso de carne y huesos, embrutecido de sol, teniendo, de vez en cuando, una mirada para mis brazos en donde las charcas de piel seca descubren, al deslizarse al agua, el vello rubio y el polvillo de sal.”

“Bodas de Tipasa”
Albert Camus

jueves, 12 de enero de 2012

lunes, 9 de enero de 2012

“Siempre que Elia iba a verlo, Domenico lo invitaba a sentarse en la gran terraza. Pedía que les llevaran unas rebanadas de pan blanco y una botella de aceite de sus olivares, y tío y sobrino saboreaban aquel delicioso néctar con auténtico fervor.
—Es oro puro —aseguraba Domenico—. Los que dicen que somos pobres nunca han probado un trozo de pan empapado en aceite de nuestra tierra. Es como saborear estas colinas. Sabe a piedra y sol. Reluce. Es hermoso, espeso, untuoso. El aceite de oliva es la sangre de nuestra tierra. Y los que nos llaman palurdos deberían ver la sangre que corre por nuestras venas. Es dulce y generosa. Porque eso es lo que somos: palurdos de pura sangre. Unos muertos de hambre con la cara curtida por el sol y las manos callosas, pero la mirada franca. Observa la aridez de la tierra que nos rodea y saborea la riqueza de este aceite. Entre la una y el otro, está el trabajo de los hombres. Y nuestro aceite lo sabe. Conoce el sudor de nuestra gente. Las callosas manos de nuestras mujeres, que recogen la aceituna. Sí. Y es noble. Por eso es tan bueno. Puede que seamos unos muertos de hambre y unos ignorantes, pero hemos sacado aceite de las piedras, y por haber hecho tanto con tan poco, seremos salvados. Dios sabe recompensar el esfuerzo. Y nuestro aceite de oliva será nuestro mejor abogado.
Elia no dijo nada. Pero aquella terraza que dominaba las colinas, aquella terraza en la que a su tío le gustaba sentarse, era el único sitio del mundo donde se sentía vivo. Allí podía respirar.”

“El sol de los Scorta”
Laurent Gaudé

sábado, 5 de noviembre de 2011

viernes, 4 de noviembre de 2011

     “Quedaba el vino. Pero el vino que yo había concebido, pacientemente, buscando aquí y allá, ensamblando conocimientos concretos, y confiando en la nada de la imaginación también tenía que ver con ella. No podía seguir ocultándomelo. Era un vino pensado para ella, espléndido, inconfundible, para que algún día ella lo acercara a sus labios, lo catara con entendimiento, lo apreciara y pensara en mí. Con alegría. Y con curiosidad. Y con una ternura suficiente.
     Y me buscara.
     No podía seguir ocultándome que esa esperanza había sido mi única, verdadera, compañía.”

“Vino”
Luisa Etxenike

lunes, 31 de octubre de 2011

Visiones de Arbórea #250110

     “Ya en Lúzaro nadie quiere ser marino; los muchachos de familias acomodadas se hacen ingenieros o médicos. Los vascos se retiran del mar.
     ¡Oh, gallardas arboladuras! ¡Velas blancas, muy blancas! ¡Fragatas airosas, con su proa levantada y su mascarón en el tajamar! ¡Redondas urcas, veleros bergantines! ¡Qué pena me da el pensar que vais a desaparecer, que ya no os volveré a ver más!
     Sí, yo me alegro de que mis hijos no quieran ser marinos… y, sin embargo…”

“Las inquietudes de Shanti Andía”
Pío Baroja